Cuando Lucía se casó, todos le decían que tenía suerte.
Su esposo era trabajador,
sus hijos eran buenos chicos
y nunca faltaba comida en casa.
Desde afuera, parecía tener la vida perfecta.
Pero nadie veía las veces que lloraba en silencio mientras doblaba ropa,
ni las noches en las que deseaba que alguien le preguntara cómo estaba ella.
Pasaron los años…
y Lucía se acostumbró tanto a cuidar de todos,
que dejó de recordar qué cosas la hacían feliz.
Hasta que un día, ordenando un cajón viejo,
encontró una libreta donde escribía cuando era joven.
En una de las páginas decía:
“Quiero viajar, aprender cosas nuevas y nunca dejar de soñar.”
Y por primera vez en mucho tiempo,
se quedó mirando esas palabras con tristeza.
Porque entendió que había cumplido muchos roles en su vida…
menos el de escucharse a sí misma.
Esa tarde no cambió el mundo.
No tomó decisiones drásticas.
No abandonó su hogar.
Simplemente salió a caminar,
se compró un café
y volvió a escribir.
A veces los grandes cambios empiezan así…
con pequeños reencuentros con uno mismo 🤍
✍️ Autoría: Camu van Leeuwen




