Una mujer tenía una taza vieja, de esas que ya no combinaban con nada de la casa.
Estaba un poquito rajada del borde y el asa había sido pegada hacía años con un pegamento barato.
Sus hijos le decían siempre:
—Bótala ya… cómprate otra.
Pero ella sonreía y seguía usándola cada mañana para tomar su café.
Un día su hija le preguntó:
—¿Por qué te aferras tanto a esa taza?
Y ella respondió:
—Porque esta taza se rompió muchas veces… y aun así sigue sirviendo.
Luego se quedó callada unos segundos y dijo:
—Creo que me gusta porque se parece un poco a mí.
A veces pensamos que lo roto ya no sirve,
que las heridas nos quitan valor
o que el cansancio nos vuelve menos importantes.
Pero hay personas que, aun con grietas,
siguen dando amor,
siguen levantándose
y siguen acompañando a otros.
Y quizá ahí está la verdadera fortaleza:
en continuar,
incluso después de haberse roto un poco por dentro. ✨




